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Hace no tanto, Lautaro Rivero esperaba que el semáforo se pusiera en rojo para ofrecer una caja de alfajores a los conductores que pasaban por Moreno.
Hoy, esos mismos reflejos que usaba para correr entre coches los pone al servicio de la Selección Argentina, después de que Lionel Scaloni incluyera su nombre en la última lista de convocados.
El salto no fue casual. Es el resultado de una historia de constancia y humildad que atraviesa los límites del fútbol. Rivero, de 21 años, formado en River Plate, se ha ganado un lugar en la Albiceleste con los mismos valores que lo acompañaron desde pequeño: trabajo, fe y disciplina.
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En casa de Lautaro Rivero, el fútbol convivía con la necesidad. Lautaro sabía que si quería entrenar debía ganarse el pasaje y ayudar a su familia.
Por eso, tras cada entrenamiento, cambiaba las botas por la caja de alfajores y salía a vender en los cruces más transitados de su barrio.
"Me levantaba a las cinco y media, tomaba el colectivo y después del entrenamiento me iba a vender hasta que caía el sol", recordó en Olé. Era su manera de seguir soñando, incluso cuando el contexto parecía empujar en sentido contrario.
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RiverPlate
El destino quiso que se cruzara con Lucas Zabala, amigo y compañero en el baby fútbol del barrio, quien lo recomendó para una prueba en River. Allí, el entonces formador Gabriel Rodríguez detectó que ese chico tímido pero decidido tenía algo especial.
Primero lo probaron como extremo, después como mediocentro, y terminó consolidándose como central, posición desde la que hoy brilla.
Su paso por las inferiores fue silencioso pero constante. Sin titulares rimbombantes ni promesas exageradas, Rivero fue creciendo hasta ganarse la confianza de los técnicos por su madurez y comprensión del juego.
En 2024 llegó el momento clave: River decidió cederlo a Central Córdoba para que sumara minutos. En Santiago del Estero, Rivero encontró lo que necesitaba: rodaje, confianza y liderazgo. Jugó 30 partidos, levantó la Copa Argentina bajo la dirección de Omar de Felippe y se convirtió en una de las revelaciones del torneo.
"Fui convencido de que era lo mejor para mí", explicó en Olé. "Mi primer objetivo era tener los partidos necesarios para poder volver a River".
Su rendimiento fue tan sólido que Marcelo Gallardo pidió su regreso anticipado: "Si hay un jugador que crece y puede darnos una mano, se rescata", dijo el técnico en una rueda de prensa. Rivero regresó y apenas volvió a salir del once.
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La noche de su convocatoria a la Selección, Lautaro publicó una imagen en Instagram: él, de niño, vendiendo alfajores en la calle. "Hace un año", escribió simplemente.
La foto se viralizó en minutos. Entre los cientos de mensajes, uno destacó: el de Hugo Basilotta, vicepresidente de Alfajores Guaymallén, la marca que Rivero vendía. "¡Vamos, Lautarito querido, el caviar da suerte!", le respondió.
El post resumía una vida entera en una sola imagen: sacrificio, esperanza y recompensa. De vender dulces en un cruce de Moreno a compartir vestuario con Lionel Messi. Nada mal para un chico que nunca dejó de creer.
Lautaro Rivero
Su familia, que siempre lo acompañó, vivió la noticia con lágrimas y abrazos. "Quiero que estén mejor, que no les falte nada. Ellos son mi motor", confesó Lautaro en Fox Sports Radio.
En su barrio, la convocatoria fue celebrada como una fiesta: bocinazos, banderas y vecinos siguiendo la noticia desde el televisor del almacén.
Para todos ellos, Rivero es más que un futbolista: es la prueba de que los sueños no se rompen si se trabajan con fe.
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Zurdo, de 1,85 metros y temperamento sereno, Lautaro Rivero se ha consolidado como un central moderno. Tiene buena salida desde el fondo, intuición para anticipar y un gran sentido táctico. Puede jugar también como lateral izquierdo, lo que amplía sus opciones en River y en la Selección.
Admira a Lisandro Martínez y a Cuti Romero, referentes del puesto, pero su estilo mezcla agresividad en la marca con un manejo limpio del balón. No destaca por gestos grandilocuentes, sino por su concentración y regularidad.
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Lucas Abascia, su excompañero en Central Córdoba, no se sorprende de su presente. "Si le dan minutos, la va a romper. Tiene hambre de seguir creciendo", dijo en Guardia Alta.
En el entorno de la Selección, ven en él un perfil que encaja con el recambio que busca Scaloni: jóvenes formados en clubes grandes, con personalidad y recorrido en el fútbol argentino.
Las comparaciones con Enzo Fernández, que también se fogueó antes de explotar en la Albiceleste, son inevitables. Pero Rivero prefiere no mirar más allá del próximo entrenamiento.
De los semáforos a Ezeiza. De las cajas de alfajores al escudo nacional y a compartir vestuario con Leo Messi. La historia de Lautaro Rivero no es solo la de un futbolista que llega a la Selección; es la de un chico que aprendió a convertir cada obstáculo en impulso.
Hoy, cuando posa junto a Messi y Enzo Fernández en una foto de entrenamiento, muchos ven una historia de superación. Pero él lo vive con la naturalidad del que siempre supo que algún día llegaría. "Todo lo que tengo se lo debo al esfuerzo y a mi familia", repite.
Lautaro Rivero no solo defiende una camiseta: defiende la idea de que ningún origen define un destino.