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Santiago Tomasi, Praga.
Irlanda es posiblemente uno de los países más extraños futbolísticamente hablando de Europa. Con una liga desfasada, que aún juega en el calendario nórdico (marzo a noviembre) en vez del tradicional calendario europeo, su selección ha visto una pérdida constante de talento desde la última vez que clasificó a un Mundial, allá por 2002, pero eso no desanima a los irlandeses. La esperanza sigue ahí, y 10.000 irlandeses en Praga lo han demostrado hoy.
1800 con entrada, más de 7000 sin entrada, todo pub irlandés o plaza pública de Praga hoy era un pequeño Dublín, o pequeño Cork, o pequeño Derry. Banderas, gorros, sombreros y bufandas engalanaban otra vez a los viajeros de un país que en noviembre estaba en muerto y ahora estaba muy vivo.
Hace cuatro meses, Irlanda dependía de dos milagros, ganar a Portugal y a Hungría, a los segundos en Budapest, para clasificar a la repesca. Y lo hicieron, con un gol en el minuto 94 que daba alas a la afición más fiel de selecciones para soñar.
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El derecho a soñar se ha transformado en fiesta, sin incidentes, por Praga, con alegría y un color verde que inundaba todo, incluida las cervezas de aquellos bares que se han quedado hoy sin barriles, y no han sido pocos.
Irlanda ha llegado a ponerse 2-0, pero un penalti absurdo, pero justo, y un gol en los instantes finales del partido, llevaron el encuentro a la prórroga y a los posteriores penaltis, donde República Checa consiguió la victoria con una actuación brillante de Matej Kovar, el cual paró los dos últimos de Azaz y Browne.
EFE
Se podrá analizar la decisión de los tiradores, o si el cambio de Szmodics, el cual ha entrado y un minuto después ha tenido que salir por un aparatoso golpe con un jugador checo, pero la realidad es que la historia ha estado en las calles.
Eideen, de Dublín y su marido, Gerry, escocés, han acogido en su mesa en un pub a todo tipo de personas, a las cuales no conocían antes, solo por seguir a la selección.
Por un lado estaba Alan, de Derry, que estaba allí porque había apostado con un amigo el ir durante el partido de Hungría; por otro, Shannon, una chica de Derry que estaba convencida de que no solo Irlanda iba a pasar, sino que el marcador tenía que ser 2-3 porque así lo había soñado anoche.
Incluso, en la inconsciencia de nuestros Eideen y Gerry, los únicos que recuerdan los tres Mundiales de Irlanda de ese grupo, han adoptado a una pareja, cuidando de ambos, cuando uno de ellos ha decidido vender su entrada para poder el partido en el pub, ya que, según él, iba a ser más feliz con sus amigos.
Ellos, y otro centenar aproximado de irlandeses han llenado uno de los bares de Praga y lo han convertido en una Irlanda preciosa, donde todos eran bienvenidos y donde todo el mundo conocía a alguien... Aunque no lo conociese al entrar.
El mero hecho de estar allí, ya te convertía en una persona que tenía que ser integrada y que debía ser querida dentro de que Praga no es Irlanda y que todos han tenido que hacer un viaje largo para poder estar allí.
Quizás, la frase que más define el amor que sienten por su país es la que ha dicho Eideen, que ha comentado que ella siempre será irlandesa, aunque viva en Escocia y que no se podría perdonar no estar allí.
¿Su única condición para estar? Que fuese con ella su marido, el escocés Gerry, que ha ido encantado de la vida, pero siempre apoyando a su mujer.
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Las emociones, el dolor y el silencio del final del partido es algo que es difícil de olvidar y que es difícil de explicar. Si tienes entrada, es fácil decir que todo ha valido la pena, si no, la sensación es aún más amarga y triste, incluyendo a algunos, que ya habían comprado billetes para México por si acaso Irlanda hacia la machada, pero la sensación final es aún más extraña cuando sientes el latir de la afición irlandesa.
Después de una derrota brutal en penaltis y de los cinco minutos de luto absoluto y de dolor, el mensaje no ha sido negativo. Ha habido quejas sobre los jugadores que han fallado el penalti, obviamente, o sobre el motivo de que ellos lanzasen, pero la respuesta que más se ha oído ha sido "en cuatro años".
Irlanda lleva 24 años sin clasificar a un Mundial, 32 sin que esa clasificación no acabe en una guerra civil como provocó el duelo en Saipán entre Keane y McCarthy, pero la respuesta es siempre creer que la siguiente oportunidad será la buena y que no se escapará.
Y es difícil creerlo, contando que Irlanda ya ha sido noqueada cuatro veces en la repesca, las dos últimas en penaltis, otra contra Dinamarca en Dublín, un partido que se hubiese repetido el próximo martes, y en 2010, con la infausta doble mano de Henry en París para romper el corazón de miles de irlandeses.
EFE
Todo eso son motivos para no creer, igual que la más que posible retirada de Seamus Coleman y la falta de estrellas más allá de Troy Parrott.
Pero, eso no afecta al irlandés, que sigue seguro de que al final, tiene que haber un milagro y ellos van a cumplirlo. No hay motivo lógico, quizás no haya ni razonamiento detrás, pero es un mantra que acompaña al país y que lo hará siempre.
No hemos perdido, y si hemos perdido, es que existe una oportunidad más adelante para ganar. ¿Es suficiente? No. Pero sí es la demostración de que la esperanza mata cuando no se consigue, pero salva cuando siempre se mantiene, aunque sea en algo estadísticamente improbable.
Es complicado saber si Irlanda clasificará al Mundial de 2030 o en que condiciones intentará clasificar, pero es seguro que Eideen, Shannon, Adam estarán allí y seguirán soñando con ver a su selección en el Mundial.
Y, felicitando a República Checa por el pase a la gran final, la frase de Eideen es definitoria de lo que es Irlanda. "We’ve fought a good fight" (Hemos peleado una buena pelea). Irlanda seguirá peleando, seguirá siendo la ilusión constante, incluso cuando las noches son tan oscuras como hoy en Praga.