Como si fuera un superhéroe atrapado en su propia película de drama, Neymar volvió al lugar donde todo comenzó... y donde ahora parece todo desmoronarse. En la derrota del Santos ante Internacional, el ’10’ celebró un gol inexistente, rompió el banderín de córner como quien descarga rabia contenida y, al final, se enfrentó cara a cara con un hincha que le reprochaba lo que todos murmuran: ya no es el mismo. La escena fue tensa, incómoda, cruda. Como si el regreso a casa se hubiera convertido en una pesadilla a puertas abiertas.
El episodio se volvió viral en segundos. Neymar, frustrado por un empate que no llegó y por un equipo que naufraga en zona de descenso, se fue directo hacia las gradas. Palabras cruzadas, gritos, y la intervención del portero João Paulo para evitar que la cosa pase a mayores.
No es la primera vez en semanas: gestos provocadores ante Mirassol, una expulsión absurda ante Botafogo, y ahora esto. La hinchada, que antes lo veneraba, ahora lo mira con recelo. Como si el mito estuviera tocando fondo en su propio templo.

Lo más doloroso no es el fallo arbitral ni el resultado, sino el abismo emocional que separa a Neymar del pueblo santista. De ídolo eterno a figura desconectada, todo en cuestión de semanas. El equipo no levanta, y él tampoco. El jugador que alguna vez soñó con levantar una Copa del Mundo ahora discute con hinchas y estalla ante la presión. La historia que parecía escrita para la gloria, hoy se escribe con signos de interrogación.
Y así, como un trueno que retumba en su propia tierra, Neymar vive su peor tormenta en casa. El niño prodigio que hizo soñar a Vila Belmiro ahora camina bajo una lluvia de dudas, críticas y goles que no valen. Queda ver si es solo una tormenta de verano... o el principio del fin. Porque incluso los héroes, cuando se alejan demasiado de lo que fueron, corren el riesgo de no ser reconocidos ni por su propia leyenda.