Por uno de esos caprichos del destino que parecen sacados de una película de ciencia ficción, el menor de los Márquez tuvo que esperar 93 –el histórico número de Marc Márquez– grandes premios en la categoría de las motos pesadas para poder estrenar su casillero de victorias.
El resultado obtenido es la consecuencia directa del enfoque perfecto en una temporada estupendamente preparada, en los test invernales, y en la que ha ido modulando su vigorosidad. De menos a más y sin cometer errores de los groseros –acumula nueve podios de los diez posibles, entre sprint y carreras largas–, el piloto de Gresini recuperó en el circuito andaluz la batuta de la tabla general que había perdido en la cita anterior, en Qatar, al meterse en un lío el domingo, precisamente cuando más penalizan los fallos.
Al margen de ese despiste que le llevó a terminar el sexto, en la parrilla no ha habido nadie más efectivo que Alex Márquez, el corredor que más puntos ha sido capaz de sumar (140) a estas alturas del campeonato des del cambio de formato y la introducción de las pruebas al sprint (2023). De hecho, el catalán posee 16 puntos más que Jorge Martín, el líder el pasado ejercicio tras los cinco primeros eventos.
En contraposición a Marc, todo explosividad, al pequeño de los de Cervera (Lleida) se le ha identificado de forma muy recurrente como a un motor diésel, de esos a los que les cuesta un poco más coger velocidad, pero que cuando lo hacen no se detienen. "Alex está haciendo lo que ha hecho toda su vida, y lo está haciendo muy bien. Le cuesta llegar más que Marc, pero cuando lo hace, cuando domina la escena y los medios que tiene a su disposición, es muy fiable”, cuenta Davide Tardozzi, team manager del equipo oficial de Ducati, a Motorsport.com. Esta impresión está avalada por los números: de los nueve podios en domingo que figuran en su palmarés en MotoGP, cuatro pertenecen a este año.
Alex Márquez, Gresini Racing
Foto de: Jorge Guerrero - AFP - Getty Images
La declaración de Tardozzi la lleva repitiendo Marc desde que su hermano comenzó a protagonizar titulares en una pretemporada de libro. "Este es el mejor Alex que hemos visto en MotoGP", aseguraba el multicampeón, en Jerez, donde una caída en la segunda vuelta le impidió medirse en corto con su compañero de casa, amigo y confidente.
A pesar de ello, lo primero que hizo el español cuando devolvió su Ducati al taller –finalizó el 12º después de recoger la moto del suelo y reincorporarse a la cola del pelotón– fue ir caminando hasta el parque cerrado para fundirse en un abrazo con su hermano, que no pudo aguantar más y rompió a llorar. Una reacción del todo comprensible si atendemos a la montaña rusa que vivió en Jerez, en un concurso que perfectamente podría haber llevado la firma de Marc, una bestia competitiva que se lo pasa pipa sumido en el vértigo que él mismo genera.
En el circuito Ángel Nieto, el picante lo puso Alex ya desde el viernes por la mañana, sesión en la que fue el más veloz. A lo largo del día se fue al suelo dos veces, siendo el segundo accidente, ya por la tarde, bastante seria. A falta de un cuarto de hora, el bicampeón del mundo de Moto3 (2014) y Moto2 (2019) volvió a salir a la pista para tratar de meterse entre el grupo de diez que daba acceso directo a la segunda criba de la cronometrada (Q2).
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Una vuelta de tanteo dio paso a una primera tentativa que le colocó el terceo, antes de entrar al garaje para recurrir a una segunda goma blanda. Con ella, el de Lleida se sacó del bolsillo un giro estratosférico a dos minutos para la conclusión, que le permitió rebajar en 34 milésimas el récord absoluto del trazado, hasta entonces en manos de Pecco Bagnaia.
Si aquella declaración de intenciones parecía ser una de esas que tantas veces ha firmado Marc, lo mismo se puede decir del testimonio que ofreció más tarde, mucho más crítico por su exceso de confianza, que por el registro marcado. "No estoy para nada contento. He hecho el récord por la tarde después de ser el más rápido por la mañana. Todo eso está muy bien. Pero no he hecho el trabajo que hay que hacer un viernes", dijo Alex Márquez, quien, al igual que Marc, no tiene ningún problema en levantar la mano cuando mete la pata.
Alex Márquez, Gresini Racing
Foto de: Gold and Goose / Motorsport Images
"Me da rabia la caída, porque fue un error por ir demasiado confiado. No veía el límite en ninguna curva; podía frenar cien metros más tarde, inclinar más e ir más deprisa. Me tengo que controlar un poquito", se conjuró con vistas a un sábado que, de entrada, se tomó con algo más de prudencia: se quedó fuera de la primera línea de la parrilla por primera vez (fue el cuarto).
En la sprint arrancó bien, se posicionó el tercero para ver, mejor que nadie, cómo Fabio Quartararo se revolcaba por el suelo en la segunda vuelta, y le cedía irremediablemente la segunda posición. A pesar de circular en todo momento a su estela, Bagnaia no pudo echarle el guante en ningún momento, en un anticipo de lo que ocurriría al día siguiente, la jornada que le permitió sacarse de encima una losa de varias toneladas de peso.
El domingo, Alex ganó a lo Márquez: tras una salida que le dejó dónde estaba (cuarto), vio cómo Marc se le caída delante en el tercer giro, adelantó sin pensárselo a Bagnaia en el siguiente, en el que registró la vuelta rápida absoluta, y preparó el ataque a Quartararo, el líder. Justo antes del ecuador (11º giro), el de Gresini le tiró la moto al de Yamaha al afrontar la primera curva, de la que salió en cabeza. En menos de cuatro kilómetros le sacó ocho décimas al Diablo, poniendo la guinda a una carrera como las que tantas veces se le han visto a su hermano.
Alex Márquez, Gresini Racing, Fabio Quartararo, Yamaha Factory Racing
Foto de: Jose Breton - Pics Action - NurPhoto - Getty Images