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Hamzah Sheeraz ha llegado a un punto poco habitual incluso en el boxeo de élite. A sus 26 años, el británico tiene dos caminos abiertos hacia un título mundial, ambos en el peso supermedio y ambos vacantes. La decisión, sin embargo, todavía no está tomada.
A día de hoy, Sheeraz figura en dos órdenes oficiales distintas. El Consejo Mundial de Boxeo le ha señalado como aspirante a disputar su cinturón vacante frente a Christian Mbilli, tras la retirada de Terence Crawford. Al mismo tiempo, la Organización Mundial de Boxeo ha ordenado un combate contra Diego Pacheco por su propio título vacante.
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Cris Esqueda/Golden Boy/Getty Images
De forma pública, Sheeraz no se ha comprometido con ninguna de las dos opciones. No ha anunciado preferencias ni ha cerrado negociaciones. El silencio, en este caso, también forma parte del mensaje.
Según publica Boxing News 24, la vía WBO comienza a ganar peso. La posibilidad de un combate en primavera bajo el paraguas de Riyadh Season encaja mejor con ese escenario, y Diego Pacheco es visto como un rival más alineado con ese contexto comercial.
Eso no significa que la elección sea sencilla. Desde el punto de vista deportivo, los riesgos no son iguales. Christian Mbilli representa un desafío físico más directo y agresivo. Es un boxeador de presión constante, alto volumen de golpes y predisposición al combate en corta distancia.
Ese perfil conecta con una de las grandes incógnitas que rodean a Sheeraz. Su combate de febrero ante Carlos Adames terminó en empate y dejó dudas. Muchos observadores consideraron que Sheeraz cedió terreno bajo presión sostenida y que no logró imponer su ritmo cuando el combate se volvió físico. Mbilli explota precisamente ese tipo de situaciones. Avanza, trabaja al cuerpo y obliga a intercambios. Es un examen de resistencia, carácter y capacidad para sostener el plan cuando el combate se ensucia.
Diego Pacheco plantea un problema distinto. No es un boxeador tan insistente en la presión, pero elimina una de las ventajas históricas de Sheeraz: el control de la distancia. Con 1,93 metros de altura, Pacheco iguala estatura y alcance. Durante gran parte de su carrera en 160 libras y en su transición a 168, Sheeraz ha podido dictar el combate desde fuera. Ha gestionado el ritmo con el jab y ha castigado a rivales más pequeños desde la media y larga distancia. Ese escenario cambia frente a Pacheco.
Ante un rival de dimensiones similares, Sheeraz no puede apoyarse únicamente en su físico. La pelea exige ajustes técnicos, mayor precisión y una lectura distinta del combate. El riesgo no es menor, pero se presenta de otra forma.
Lo que convierte este momento en algo especialmente relevante no es solo la elección del oponente. Es lo que esa elección comunica. Un camino apunta hacia la gestión del riesgo y la optimización del contexto. El otro se acerca más a la validación deportiva inmediata. Retrasar la decisión solo intensifica ese contraste. En algún punto, Sheeraz tendrá que mostrar hacia dónde se inclina. Y esa señal será interpretada dentro y fuera del ring.
El tiempo también juega un papel clave. Los organismos no permitirán que ambas órdenes permanezcan abiertas indefinidamente. La presión regulatoria aumentará y los promotores empezarán a exigir una definición clara. Sheeraz se encuentra en una posición privilegiada, pero también delicada. Dos títulos mundiales están a su alcance. Elegir uno implica renunciar, al menos de forma temporal, al otro.
En un peso supermedio cada vez más competitivo, la decisión no solo define el siguiente combate. Define el tipo de campeón que Sheeraz quiere ser y la narrativa que acompañará su carrera a partir de ahora. La elección llegará pronto. Cuando lo haga, no será solo un nombre en un contrato. Será una declaración de intenciones.
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