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Lo que debía ser un amistoso más en la gira albiceleste terminó convirtiéndose en un examen físico inesperado. Argentina entró al estadio el 11 de noviembre dispuesta a rodar piezas, pero se encontró con una Angola que interpretó el partido como si hubiera puntos en juego. La selección africana, empujada por su público y sostenida en su potencia física, complicó desde el primer minuto cada intento de avance del equipo de Scaloni.
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El primer tiempo fue una colección de entradas duras, protestas y temperatura alta —y no solo la climática—. A los argentinos les costaba conectar pases limpios, molestos por un césped que presentaba baches y por un ritmo entrecortado que favorecía a los locales. Entre fricciones y choques, el duelo comenzó a calentarse más de la cuenta.
Y la chispa llegó en un córner. Gelson, siempre eléctrico, encaró la jugada con una intensidad que incomodó a Cuti Romero. El central argentino respondió como suele hacerlo: firme, sin retroceder. Un empujón, otro más, algún manotazo perdido, miradas desafiantes… el partido se detuvo. El árbitro intervino para pedirles calma, aunque para entonces el ambiente ya estaba cargado. Parecía cualquier cosa menos un amistoso.
Argentina, lejos de replegarse, entró también en el juego físico para no quedar atrás. Angola, por su parte, disfrutaba del terreno: ritmo bajo, calor sofocante y un contexto ideal para medir fuerzas. La tensión crecía con cada disputa, con cada balón dividido, como si la noche en Luanda sacara la versión más combativa de ambos equipos.
Más que un simple ensayo, fue un duelo caliente, áspero y con aroma a partido oficial. Argentina sobrevivió a la embestida africana en el primer tiempo; Angola, mientras tanto, encontró en la intensidad su mejor arma. Y en el centro de todo, la imagen del primer tiempo: Cuti y Gelson, frente a frente, simbolizando un amistoso que nunca lo fue del todo.