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El fin de semana del Cinco de mayo volvió a demostrar por qué es una de las fechas más marcadas del calendario del boxeo. Había expectativas, respeto entre protagonistas y también dudas. El salto de categoría, el tamaño del rival y la dimensión del reto planteaban interrogantes. No era una pelea más. Era un examen real. De los que separan a los aspirantes de las figuras dominantes.
David Benavidez despejó todas esas incógnitas con autoridad. El estadounidense noqueó a Gilberto ‘Zurdo’ Ramírez en el sexto asalto para conquistar los títulos mundiales WBA y WBO del peso crucero en el T-Mobile Arena de Las Vegas. Lo hizo tras derribarle en dos ocasiones y cerrar el combate a falta de un segundo para el final del asalto.
Cris Esquada/Golden Boy Promotions
El combate confirmó lo que insinuaban los analistas. Benavidez no iba a competir desde la fuerza bruta. Apostó por su velocidad. Por su selección de golpeo. Por su inteligencia táctica. “Sabía que no iba a poder superarlo en potencia. Tenía que usar mi velocidad, mi movimiento y mi IQ”, explicó tras el combate.
El desarrollo fue un monólogo creciente. Desde el primer asalto, Benavidez impuso ritmo con combinaciones rápidas. En el segundo, cambió de guardia sin perder eficacia. Cada iniciativa de Ramírez encontraba respuesta. Cada pausa era castigada. El control del combate fue total.
El primer momento clave llegó en el cuarto asalto. Una combinación precisa obligó a Ramírez a poner la rodilla en la lona. Resistió. Aguantó el conteo. Pero el desgaste ya era evidente. El castigo acumulado comenzaba a hacer mella en su resistencia.
Ramírez trató de reaccionar en el quinto. Buscó intercambios. Intentó cambiar la dinámica. Pero Benavidez operaba a otro nivel. En el sexto, una nueva ráfaga de golpes volvió a sacudir al mexicano. El desenlace fue inevitable. Segunda caída. Cuenta completa. Fin del combate.
Con esta victoria, Benavidez amplía su legado. Se convierte en campeón mundial en tres divisiones distintas y firma su primer triunfo en el peso crucero. Además, mantiene su condición de campeón WBC del semipesado. Un doble estatus que refuerza su posición en la élite.
El propio Benavidez no evitó mirar al futuro. “Solo quiero dar a los fans lo que quieren ver. Sé que Canelo está aquí. ¿Quieren ver esa pelea? No podemos dejarla sobre la mesa”, lanzó en el ring. También mencionó a Dmitry Bivol como uno de sus objetivos inmediatos.
En la pelea coestelar, Jaime Munguía recuperó el campeonato mundial WBA del peso supermedio. Lo hizo tras imponerse por decisión unánime a Armando Reséndiz. Las tarjetas reflejaron su superioridad: 120-108, 119-109 y 117-111.
Munguía mostró una versión completa. Supo adaptarse al inicio agresivo de Reséndiz y encontró su ritmo con el paso de los asaltos. “Me sentí excelente. Escuché a mi esquina y eso dio resultado”, afirmó tras el combate. La victoria le devuelve al primer plano mundial.
El resto de la cartelera dejó varios nombres propios. Entre ellos, destacó la actuación del argentino Ismael Flores, residente en Barcelona. Flores firmó una de las sorpresas de la noche al derrotar con claridad al invicto Isaac Lucero por decisión unánime.
Flores dominó desde el inicio. Boxeó mejor. También impuso su ritmo en los intercambios. “Me dieron solo dos semanas para preparar esta pelea, pero esto es fruto de años de trabajo”, explicó. Su victoria supone un salto importante en su carrera y le coloca en el radar internacional.
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