En Aston Martin hay ingenieros brillantes, una fábrica nueva, un túnel de viento de última generación y un genio llamado Adrian Newey al mando del diseño. Pero si hay un nombre alrededor del cual gira el proyecto deportivo ese sigue siendo el de Fernando Alonso.
A sus 44 años, el asturiano no solo sigue siendo el referente en pista. También lo es en la sala de reuniones, en el debrief y en el proceso de desarrollo. Y eso es algo que ha sorprendido —y mucho— a Enrico Cardile, jefe técnico del equipo que se unió en verano de 2025 tras dos décadas en Ferrari, que ha tenido contacto directo con algunos de los mejores pilotos de la era moderna.
Para Cardile, lo que diferencia a los grandes campeones como Alonso no es solo la velocidad. Es algo más difícil de enseñar… y de encontrar.
"La capacidad de describir lo que sienten", explica. "En los entrenamientos libres comentan el coche, dónde es débil, dónde no funciona. Son extremadamente precisos al explicar lo que necesitan".
Lo realmente extraordinario llega cuando Cardile pone el foco en cómo pilotos como Alonso son capaces de transformar sensaciones fugaces en información útil. Milésimas de segundo convertidas en palabras.
"Lo que describen pilotos como Alonso sucede en apenas unas milésimas, pero lo cuenta como si fuera a cámara lenta", señala. "Como si hubiera tiempo para pensar, recordar y analizar cada fase del comportamiento del coche".
Ahí es donde Alonso marca la diferencia. Su memoria, su experiencia y su capacidad de contextualizar lo que ocurre en pista convierten cada vuelta en una herramienta de desarrollo.
"Fernando tiene una memoria muy buena. Es un tipo muy inteligente", resume Cardile. "Puede comparar lo que siente ahora con lo que sintió en otros coches o en otras temporadas, siempre dentro de la misma generación".
Para los ingenieros, eso es oro. No todos los pilotos rápidos saben explicar qué ocurre bajo sus pies. Y sin esa traducción, el desarrollo se queda a medias: piezas que no se entienden, reglajes que no encajan, soluciones que llegan tarde o mal.
Pero Cardile insiste en que la grandeza de pilotos como Alonso no termina en el análisis técnico. Hay algo que los une a todos: Vettel, Räikkönen, Leclerc… y ahora Alonso.
"Cuando se baja el visor, están completamente comprometidos a exprimir cada gota de rendimiento del coche", explica. "No importa si es clasificación o carrera. Sacan todo lo que hay".
Esa mentalidad es la que Aston Martin quiere convertir en la base de su nuevo ciclo. Un proyecto que tendrá en 2026 su primer gran examen y que, más allá de la infraestructura, necesita un piloto capaz de guiar el desarrollo con precisión quirúrgica.
En la otra cara del box, Cardile también ha encontrado matices interesantes en Lance Stroll. Menos verbal, menos expresivo… pero no menos útil. "Lance habla menos que Fernando", admite. "Pero es muy talentoso. A veces incluso más preciso en lo que dice".
El paralelismo es claro para quien conozca la historia reciente de la F1: "Me recuerda a Räikkönen", afirma Cardile. "Decía poco, pero lo que decía valía la pena".
Lo más importante para el equipo es que ambos pilotos están alineados. Sus sensaciones coinciden en lo esencial, aunque tengan distinta sensibilidad en los detalles. Para un equipo que busca crecer de forma ordenada, eso simplifica —y mucho— el camino.
Newey diseña. Cardile ordena el proceso. Alonso interpreta el coche como pocos en la parrilla. Aston Martin tiene claro que su salto definitivo no dependerá solo de que el monoplaza nazca bien, sino de cómo evolucione.
Y en esa evolución, Fernando Alonso sigue siendo una pieza central. No por jerarquía política, sino por algo mucho más difícil de reemplazar: su capacidad para entender un coche… y explicarlo mejor que nadie.