Ferrari afronta 2026 caminando sobre una cuerda floja que todavía no se ve, pero ya se intuye. El nuevo reglamento está a la vuelta de la esquina, los primeros test privados de Barcelona asoman entre el 26 y el 30 de enero y, mientras otros equipos empiezan a dejar migas de optimismo por el camino, en Maranello reina un silencio inquietante. Demasiado.
No hay rumores positivos, no hay filtraciones alentadoras, no hay esa sensación —aunque sea artificial— de estar bien encaminados. Y viniendo de un 2025 decepcionante, con un cuarto puesto en constructores y un coche que nunca terminó de obedecer, Ferrari no puede permitirse otro paso en falso. Menos aún en el año que debía marcar el inicio de algo grande con Lewis Hamilton de rojo.
En ese contexto aparecen las palabras de Ralf Schumacher, que no habla de retrasos ni de conceptos arriesgados, sino de algo mucho más básico… y mucho más peligroso: la falta de una dirección clara.
El expiloto alemán alerta de que Ferrari podría estar desarrollando dos coches distintos de cara a 2026. No dos evoluciones, no dos configuraciones puntuales, sino dos filosofías separadas. ¿El motivo? Las profundas diferencias de enfoque entre Lewis Hamilton y Charles Leclerc.
"No se pueden desarrollar dos coches. Si eso es así, es un desastre desde el principio", advierte Schumacher.
Y la frase no es gratuita. Hamilton y Leclerc no solo pilotan distinto: se sienten cómodos con coches opuestos, piden sensaciones diferentes y priorizan respuestas técnicas que no siempre convergen. En una era nueva, con reglamento nuevo y márgenes mínimos de error, intentar contentar a ambos puede acabar por no satisfacer a ninguno.
Ferrari llega a 2026 con una paradoja incómoda. Leclerc fue quien sostuvo al equipo en 2025, el que exprimió un coche complicado y sacó rendimiento donde no lo había. Pero Hamilton, fichaje estrella, era el pilar simbólico del nuevo proyecto… y su impacto estuvo muy por debajo de lo esperado, en parte por adaptación, en parte por un monoplaza indócil.
La lógica diría que Maranello debería apostar por una sola voz técnica, incluso si eso implica asumir riesgos. Pero el temor a equivocarse —otra vez— parece estar empujando a Ferrari a una solución intermedia que históricamente nunca ha funcionado.
Mientras Mercedes, McLaren o incluso Red Bull transmiten estabilidad conceptual y una dirección clara —con o sin rumores—, Ferrari llega a Barcelona con una especificación básica, más pendiente de comprobar que todo funciona que de mostrar cartas.
Desde dentro, Frédéric Vasseur insiste en que 2026 será una carrera de fondo, que Australia no dictará sentencia. Y tiene razón. Pero también lo es que los grandes errores se gestan mucho antes de la primera carrera.
Ferrari no se juega el Mundial en enero, pero sí puede perderlo si empieza el año sin una idea clara de qué coche quiere construir… y para quién. Porque en una Fórmula 1 cada vez más ajustada, el mayor peligro no es llegar tarde. Es no saber a dónde vas.