¡Descubre qué deportes puedes ver en DAZN!
Nueva York tiene una manera particular de recibir al deporte. Cada noviembre, cuando la UFC aterriza en el Madison Square Garden, el edificio parece respirar distinto. Es un rumor viejo, casi supersticioso: en “El pabellón deportivo más famoso del mundo” siempre ocurre algo que se queda grabado. Allí se coronó al primer “Champ-Champ”. Allí nacieron mitos. Allí Alex Pereira encadenó debut, primer título y segundo reinado en tres otoños consecutivos. Cada visita deja una marca.
El UFC 322 llega con esa misma promesa. Una cartelera monumental, dos superpeleas al límite y un combate principal capaz de agitar rankings, narrativas y certezas. En el centro de todo, dos hombres que representan polos distintos del mismo deporte: Jack Della Maddalena, campeón silencioso del peso wélter; e Islam Makhachev, uno de los mejores peleadores libra por libra de la historia reciente. Uno defiende por primera vez. El otro quiere hacer historia en una segunda categoría.
Leer más | Dana White confirma al próximo rival de Ilia Topuria.
Para Della Maddalena, esta noche tiene una dimensión especial. Han pasado seis meses desde que conquistó el cinturón en Montreal ante Belal Muhammad, una guerra desgastante que resolvió en el quinto asalto con una frialdad impropia de su edad. El australiano, con 29 años, es una mezcla poco común: domina todas las facetas sin necesidad de sobresalir en una sola, pero lo hace con una eficacia que desespera a sus rivales. Es volumen, cardio, oficio y la sensación constante de que cuanto más sucio se vuelve el combate, más cómodo se siente él.UFC
Enfrente está Islam Makhachev, el mayor desafío posible. El ruso habla poco, pero su carrera ya cuenta el resto: campeón dominante del peso ligero, verdugo de los mejores grapplers y strikers de su generación, autor de una racha de 15 victorias que lo ha elevado al olimpo deportivo del UFC. Su equilibrio entre presión, control y precisión lo ha convertido en un problema imposible de resolver para casi todos. Para muchos, el mejor peso ligero de la historia moderna y el número uno libra por libra.
Ahora sube a 170 libras, un movimiento largamente insinuado y que llega en un momento perfecto de su carrera. Durante años habló de lo complicado que era mantener el peso en las 155 libras. Por eso, el ascenso parece natural: más energía, más fuerza y la oportunidad de convertirse en campeón de dos divisiones. Su entrada en el peso wélter llega, además, con un aura de inevitabilidad. La sensación de que, si ya dominó un reino, podría conquistar otro sin demasiada resistencia.
Pero hay un matiz que convierte esta pelea en algo distinto: esta vez es Makhachev quien entra en territorio ajeno. Della Maddalena no es un campeón casual ni simplemente un nombre con cinturón. Es un atleta que crece con el caos, que resuelve en corto, que no cede terreno mental ni físico. Si alguien puede hacer sentir el salto de categoría, es él. Y si algo ha quedado claro en los últimos años es que las divisiones existen por una razón: cada peso tiene sus reglas no escritas, su ritmo, su desgaste propio.
En lo táctico, la pelea es una colisión maravillosa: el striking limpio y variado de Della Maddalena contra la presión asfixiante y el grappling implacable de Makhachev. Quien marque el territorio en los dos primeros asaltos tendrá gran parte del camino hecho. Makhachev intentará convertir la pelea en un examen de control. Della Maddalena quiere convertirla en un ejercicio de desgaste, distancia media y ritmo alto.
Nueva York, como siempre, hará el resto. El Garden es un escenario donde las grandes narrativas encuentran su desenlace natural. Si Makhachev gana, entrará en un club selecto, reservado solo a los que han conquistado dos reinos del UFC. Si Della Maddalena retiene, consolidará uno de los ascensos más impresionantes de los últimos años y enviará un mensaje claro: este es su territorio.